Nos pasábamos horas conversando, a veces
discutiendo. Vos, empecinada en enseñarme ese extraño modo de amor, y digo
enseñarme, porque jamás era decirme, sino hacer, hacer de cualquier modo, pero
siempre hacer, hacer hacia adelante, hacer hacia el costado, hacer amor, hacer
el amor, acaso aquella ambigua construcción que fluía entre ambos. Yo, necio,
me obstinaba en decirte, en pretender enseñarte, sin caer en la cuenta que la verdadera
profesora era vos y no yo, que el amor era como una división, como una cuenta,
una operación matemática, que siempre daba uno, porque no existía el uno y uno
igual tres, o el dos y dos igual cinco, siempre era vos y yo igual uno, uno
mismo, uno igual, pero distinto. Y así, nos pasábamos horas y más horas,
discurriendo entre el placer del sexo, la monotonía novelesca cuando yo, casi
ausente, buscaba convencerte con mi agotado discurso de que se escribían más
por vender que por crecer, esquivando cierto deber literario, y sin embargo
vos, siempre bondadosa y con ese espíritu de libertad, me decías que cada uno
podía escribir lo que se le diera la gana, que de eso se trataba el juego, de
jugar, jugar eso que vos hacías tan bien, y entonces volvíamos a la elegancia
de viajar, ese extraño e inalcanzable modo de libertad, más parecido al
capricho que al verdadero espíritu diáfano que se esconde detrás de un buen
comienzo, detrás de un sentimiento puro, detrás de un gran final que llega para
enaltecer el apogeo de una historia opaca, sin brillo, detrás de la belleza que
nos regala un cálido ocaso. A veces, viajábamos sin movernos si quiera, desde
el sitio donde nos encontrábamos conversando, planificando, imaginando, en fin,
soñando; pero otras veces, esos viajes se materializaban en un esplendoroso
transitar plagado de miedos, nostalgias reencontradas y exaltación. Y así
transcurrían nuestras horas, nuestros días, perdidos en un inmenso océano de
pensamientos, de sentimientos, en un constante ir y venir de la emoción, sin
saber muy por qué, sin saber muy bien hacia dónde, pero hacia allí nos
dirigíamos. Vos a tu modo, y yo un poco también al tuyo, olvidando el mío,
perdiéndolo poco a poco, o quizá comprendiendo que el tuyo era el correcto, el
modo de alcanzar aquello y terminar con esa nefasta búsqueda, hallando sin
hallar sin siquiera buscar, comprendiendo que tu modo era el modo, esa forma de
hacer tan tuya, ese devenir del espíritu que me arrastraba a un vendaval que me
llevaba de acá para allá, que me llevaba hacia ningún lado, pero que tampoco
importaba el camino, porque acaso lo verdaderamente importante era caminarlo, y
caminarlo juntos.