lunes, 9 de julio de 2018

Sobre La LIbertad


Fue en aquellos tiempos cuando creí comprender, y digo creí porque hoy todo me parece ficticio, irreal, que poner en juego la libertad, mi libertad, a costa de la felicidad, de ese particular modo de felicidad, era algo que no estaba dispuesto a hacer, no me encontraba preparado aún, porque entender la felicidad, alcanzar la felicidad, mi felicidad, representaba acaso alcanzar aquella libertad, libertad total, libertad parcial. Superficial dicotomía. Esa libertad al fin, representaba dos caras de una misma moneda, dos eslabones de una indivisible condena… cadena, que no se bastaba más que por sí misma. No me encontraba preparado para ponerle fin a lo que comprendía necesario e inevitable en aquel momento por perpetrar el amor, por encontrar aquello que hoy puede parecerme lejano e inalcanzable, un amor que me llevaría hacia no sé dónde, un amor que no sé si me daría aquello que anhelaba, que buscaba. Porque quizá, de eso se trataba todo aquello, de una inmensa búsqueda, sin final, casi cíclica. Sin embargo, me pensaba convencido de que la felicidad era incapaz de completarse si no podía compartirse con otro, con un otro, con muchos otros, esa condición necesaria para cerrar un círculo, para acabar una idea, para disfrutar un momento. Y esa misma dicotomía que me alimentaba y acrecentaba, porque al fin y al cabo en aquel momento crecer era eso, era comenzar a jugar con las dicotomías, aceptarlas irremediablemente, comenzar a vivir con pensamientos opuestos que jamás se complementarían y a partir de ellos crecer, crecer con la contradicción, crecer por la contradicción, crecer en la contradicción, porque me decía y me repetía, casi tratando, en vano, de convencerme, que si me encontrara con el que fui, con el que dejé de ser para ser, con esa contradicción, si me encontrara con ese de seguro que nos tomaríamos de los pelos, subiríamos a un ring de box, tal vez en la calle, como habíamos aprendido durante nuestra adolescencia, y que la suerte, o la habilidad, si no son una misma cosa, decida; esa dicotomía alcanzaba su fatídico auge y entonces, cuando yo no me permitía ser feliz, creyéndome libre, cuando no me permitía ser feliz por no poder amar, entonces aparecías vos, como tantas otras veces, descarriando mis pensamientos, haciendo donde para mí era pensar, enseñándome a hacer y desenseñándome a pensar, a deconstruir una construcción tan efímera como insoluble, otra dicotomía que me presentaba batalla, otro pensamiento del que me era imposible escapar.  Aparecías vos y me mostrabas cómo volar sin perder de vista el suelo, como escapar sin dejar el presente, hacías de todo una mágica balanza, perfecta equilibrista. Esa habilidad tan tuya de no excederte, pero tampoco escatimar, de irte sin dejar de estar presente, de encontrar el punto justo del equilibrio, esa palabra que yo pensaba con miedo, que suscitaba en mí cierta tibieza, cierto temor a quedar atrapado a mitad de camino, en medio a todo, en medio de uno y otro extremo a una insalvable distancia, en el medio, en la nada. Temía ser condenado al amor eterno, no comprendía que rehuyendo a ese amor, aceptando tus modos y conjugándolos con mis pensamientos, estaba buscando el equilibrio, y buscando ese equilibrio terminaba por caer a tu lado, por fundirme con vos, fundir mis pensamientos y tu hacer, eso que tanto te empeñabas en mostrarme, en hacerme hacer, no comprendía que, sin pretenderlo, en ese rehuir del amor, escapando de vos, en esa búsqueda de constante aprendizaje, me estaba enamorando.

jueves, 21 de junio de 2018

Final


Me mantenía con vida la esperanza de morir, esa frágil seguridad que caduca en un efímero instante. El transitorio deseo de sentirme humano, al menos, por compartir eso, la transitoriedad. El desorden de vivir sin saber, el orden de saber sin vivir.

jueves, 10 de mayo de 2018

Una Llamada, Una Salida

    Me preguntaba si ir hacia allá, dejando el acá, era claudicar. Si realmente esa vaga esperanza que me atrapaba, que me rodeaba, que acaso me manipulaba, sería la desertora de mis sentimientos, sería esa traición hecha emoción, o si simplemente era necesario dar un paso. Un paso como comienzo, porque siempre habría que comenzar, sin importar qué fuera aquello que comienza, y sin comienzo no habría fin, acaso aquello realmente importante en este juego. Quizá sea por ello que aquella noche, sin pensar demasiado, porque cuando uno comienza a pensar demasiado emerge cierta cobardía más parecida a la renuncia, tomé el teléfono y marqué tu número, el que aún hoy recuerdo con vaga precisión a pesar del tiempo y la distancia (¿Es que todavía busco convencerme que en cuestiones de la emoción se pueden colar estas variables físicas? ¿Busco, ingenuamente, convencerme que el tiempo y la distancia significan algo en el dominio de las emociones? Pretendo jugar con el alfabeto, como un niño que comienza por las vocales, y utilizar las palabras que considero exactas para cada situación, para cada emoción, sin embargo cuando creo acercarme, cuando creo ver la orilla luego de una fatua navegación, acomodo una junto a la otra cuatro, cinco o seis letras, cuando no más, y al momento preciso en que aquello que siento se imprime en el papel, concibo la desolación como vacío, como renuncia a un idilio que no se corresponde, a un idilio que no puede existir, porque el mundo de las palabras, acaso inventado por lo humano carece de la capacidad de explicar el mundo de las emociones, acaso inventado por otras formas superiores que la humanidad), y luego de esperar tras el tono algunos minutos, comprendí que no ibas a tomar la llamada, comprendí que decidirías esperar aquello que vanidosamente llamarías un Acto de Valentía, en ocasiones confundido con un acto de amor, si no son acaso una misma cosa. Quizá el amor sea simplemente valentía y la humanidad se encontraría ante el mayor error dialéctico de la historia, al menos un error que lleva miles de años alimentándose, de la mano de otros y de su propia mano, porque quién podría negar que el amor fue la primera emoción, una emoción primigenia, una emoción pura, sembrando un terreno capaz de cosechar otras, capaz de abrir nuevos caminos del sentir y consecuentemente del vivir. Y este Acto de Valentía significaba algo más que echarse en el sofá y escribir un mensaje o hacer una llamada telefónica, este Acto implicaba Acción, porque el hacer llegaba allí donde el decir no podía hacerlo en el mundo de los sentimientos; donde una palabra no era capaz de expresar una emoción, sí lo era una acción, porque decir Te Amo y hacer el amor se parecen, pero no tanto. Entonces, juntando coraje, o no pensando demasiado, decidí abrir la puerta y dejar mi apartamento, decidí salir a buscarte, en una noche cerrada y oscura, una noche vedada a las buenas intenciones y los ingenuos sentimientos.