Fue en aquellos tiempos cuando creí comprender, y digo creí porque hoy todo me parece ficticio, irreal, que poner en juego la libertad, mi libertad, a costa de la felicidad, de ese particular modo de felicidad, era algo que no estaba dispuesto a hacer, no me encontraba preparado aún, porque entender la felicidad, alcanzar la felicidad, mi felicidad, representaba acaso alcanzar aquella libertad, libertad total, libertad parcial. Superficial dicotomía. Esa libertad al fin, representaba dos caras de una misma moneda, dos eslabones de una indivisible condena… cadena, que no se bastaba más que por sí misma. No me encontraba preparado para ponerle fin a lo que comprendía necesario e inevitable en aquel momento por perpetrar el amor, por encontrar aquello que hoy puede parecerme lejano e inalcanzable, un amor que me llevaría hacia no sé dónde, un amor que no sé si me daría aquello que anhelaba, que buscaba. Porque quizá, de eso se trataba todo aquello, de una inmensa búsqueda, sin final, casi cíclica. Sin embargo, me pensaba convencido de que la felicidad era incapaz de completarse si no podía compartirse con otro, con un otro, con muchos otros, esa condición necesaria para cerrar un círculo, para acabar una idea, para disfrutar un momento. Y esa misma dicotomía que me alimentaba y acrecentaba, porque al fin y al cabo en aquel momento crecer era eso, era comenzar a jugar con las dicotomías, aceptarlas irremediablemente, comenzar a vivir con pensamientos opuestos que jamás se complementarían y a partir de ellos crecer, crecer con la contradicción, crecer por la contradicción, crecer en la contradicción, porque me decía y me repetía, casi tratando, en vano, de convencerme, que si me encontrara con el que fui, con el que dejé de ser para ser, con esa contradicción, si me encontrara con ese de seguro que nos tomaríamos de los pelos, subiríamos a un ring de box, tal vez en la calle, como habíamos aprendido durante nuestra adolescencia, y que la suerte, o la habilidad, si no son una misma cosa, decida; esa dicotomía alcanzaba su fatídico auge y entonces, cuando yo no me permitía ser feliz, creyéndome libre, cuando no me permitía ser feliz por no poder amar, entonces aparecías vos, como tantas otras veces, descarriando mis pensamientos, haciendo donde para mí era pensar, enseñándome a hacer y desenseñándome a pensar, a deconstruir una construcción tan efímera como insoluble, otra dicotomía que me presentaba batalla, otro pensamiento del que me era imposible escapar. Aparecías vos y me mostrabas cómo volar sin perder de vista el suelo, como escapar sin dejar el presente, hacías de todo una mágica balanza, perfecta equilibrista. Esa habilidad tan tuya de no excederte, pero tampoco escatimar, de irte sin dejar de estar presente, de encontrar el punto justo del equilibrio, esa palabra que yo pensaba con miedo, que suscitaba en mí cierta tibieza, cierto temor a quedar atrapado a mitad de camino, en medio a todo, en medio de uno y otro extremo a una insalvable distancia, en el medio, en la nada. Temía ser condenado al amor eterno, no comprendía que rehuyendo a ese amor, aceptando tus modos y conjugándolos con mis pensamientos, estaba buscando el equilibrio, y buscando ese equilibrio terminaba por caer a tu lado, por fundirme con vos, fundir mis pensamientos y tu hacer, eso que tanto te empeñabas en mostrarme, en hacerme hacer, no comprendía que, sin pretenderlo, en ese rehuir del amor, escapando de vos, en esa búsqueda de constante aprendizaje, me estaba enamorando.
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