Cierro los ojos y puedo sentir el calor. Las
escaleras logran su cometido. 117 escalones y un efecto aeróbico devastador me
producen una sudoración difícil de sobrellevar. Agua. Esta sensación me trae a
la mente el agua, un río, el mar, un lago, cualquier instante de mi vida
relacionado con el agua, una pileta. Me siento pegoteado, las manos me gotean,
el cuerpo me traspira. Toda esta sensación me incomoda. Odio el calor, odio la
sudoración, odio el agua y odio todo lo que sea producto o consecuencia de
ello. Mis ojos buscan adaptarse a una oscuridad difícil de describir, que me
invita, tácitamente, a reflexionar respecto si puede o no describirse la oscuridad
de algún otro modo, con algún otro color, que no sea negro, concluyo que no, la oscuridad es sólo eso, negro. Sin embargo esta oscuridad es una
ausencia de luz fuera de lo normal, más bien una tímida iluminación
amarillenta, un amarillo que lo pienso viejo, anticuado, casi puedo percibir su
olor a madera humedecida, algunos dicen y afirman con cierta vehemencia, descubriendo
una particular forma de demencia, que así huele lo viejo, a humedad, a madera
humedecida, a pesar de ello esta iluminación no llega a ser luz, o más bien una
luz arcaica, primitiva, aunque no sé exactamente cómo sería. Afuera (¿arriba?),
creo que es de día, aquí no es noche, tampoco me hallo entre penumbras. Pese a
esto, puedo sentir esta luminosidad diferente, casi imperceptible. ¿Por qué me
detengo a pensar en la luz? ¿Tiene algún sentido?, me pregunto, cavilando durante
efímero instante.
Transito largos pasillos de azulejos albicelestes, hartos
metros bajo tierra. Los pasillos me producen una suerte de incómodo cosquilleo,
que se desliza lentamente hacia arriba por mi columna, para acabar en un
extraño y algo ridículo movimiento en mis hombros. Esta sensación me aprisiona,
la luz, el calor, el sofocamiento, los inexplicables escalofríos. Quiero
escapar. Quiero escapar de los pasillos, quiero escapar de mi ropa, quiero
escapar del mundo, quiero escapar de mi mundo, quiero escapar de mi cuerpo,
quiero escapar de mí. Me pregunto si seré claustrofóbico y hasta hoy no lo noté,
o bien si me estaré volviendo claustrofóbico, desconozco si puede suceder algo
así. Un pasillo que se dirige a ningún sitio, puertas que se dirigen a ningún
sitio, infinitos pasillos que forman un perpetuo laberinto sin salida, pasadizos
sin escapatoria. Parece no tener fin. Pienso en Teseo, en el Minotauro, en
Ariadna. Maldigo esta fascinación por la mitología, que elige el momento menos
adecuado para entrometerse e ingresar por la ventana de mis recuerdos, sin anunciarse,
como el sol que tímidamente asoma por la tarde anunciando el principio o el fin
de un colorido ocaso.
Es un extraño mundo, este del inframundo. Este
extraño, húmedo y ardiente mundo subterráneo. Estoy en el infierno, atino a balbucear,
¿Qué aspecto tendrá el infierno? ¿Tendrá este aspecto el infierno? Me encuentro
hablando solo, con la nada, a nadie, a pesar de tratarse de una actitud que
podría ser propia de mí, comienzo a preocuparme.
Abunda en sonidos. Abunda en hedores. Abunda en rostros
este mundo. Quizá, debido a ello es que escasea en colores, mágico equilibrio. Gris,
la combinación de sólo dos tonalidades que se funden, quién sabe en qué
proporción, para volverse una. Puedo parecer algo alborotado ante los escrutadores
ojos que me persiguen, que me observan con obstinamiento, pero no lo estoy, o intento
convencerme, no sé con qué éxito, que no lo estoy. Mantengo la calma, o acaso
lo intento, sin llegar a lograrlo plenamente. Me miran. Yo los miro. Nos
miramos. Sin embargo, y a pesar de ello, no nos observamos, apenas nos miramos,
pero ¿Nos miramos realmente? Las miradas se abarrotan, se pierden en una salvaje
jungla de rostros, acabando en la nada, en el infinito espacio que nos separa,
nos divide, nos aleja, nos vuelve diferentes. Los rostros se agitan sin fin.
Banal superficialidad intrínseca de este particular inframundo, suerte de
averno, ¿Me encontraré, acaso, en el Octavo Círculo? Rostros iluminados por una
blanquecina luz proveniente de la palma de sus manos, transitan laberínticos
pasillos circulares, rectangulares, angulares, todos ellos demacrados, cual
autómatas inanimados, sin más razón que el puro instinto animal que nos lanza a
pujar por nuestra propia supervivencia. ¿Buscarán a Asterión? ¿Hallaré algún héroe
entre los iluminados rostros extraviados sin rumbo?, rápidamente desecho ambas
preguntas y me sorprendo por su singularidad, por su peculiaridad. Somos extraños,
somos nadie, somos nada, ¿Qué somos? ¿Quiénes somos? ¿Por qué estamos aquí
ahora?
Me detengo en una mirada particular, que, sin
saberse observada, se detiene en la mía. Entonces, sí. Nos miramos. Mucho más
que ello, nos observamos, nos devoramos con la mirada. En un efímero instante,
que puede parecerme eterno, me pierdo, me abstraigo de todo aquello que me
rodea, de la oscuridad, las caras, los hedores, de esta pseudoiluminación
infernal. En un espacio de tiempo fugazmente infinito, logro aguzar los sentidos
y, sin demasiado esfuerzo, franquear esa diáfana barrera a través de la que me observa
y ver sobre ella, a través de ella. Me pierdo en sus ojos, me pierdo en su
mirada, me pierdo en su semblante y, con un tímido y breve vistazo, recorro su
rostro que lenta y paulatinamente comienza a cambiar de color, comienza a dejar
la palidez, que abunda en las caras ajenas que nos rodean, dando lugar a un suave
carmesí que lánguidamente reverbera por sus pómulos hasta extenderse íntegramente
por todo el contorno de su figura. Pienso que mi rostro debe verse igual, asumo
que mi rostro debe verse igual, alcanzando los mismos colores, la misma
tonalidad, las mismas expresiones, quizá ruborizándose por solidaridad o porque
sobran los motivos para ruborizarse, quizá porque ese rostro me cautiva, quizá
porque yo, aunque parezca una ironía, también le agrado, quizá porque, después
de todo, nos agradamos, quizá porque el inevitable destino nos llevó a
transitar los mismo pasillos del mismo círculo del Averno, a ser compañeros de
celda, en esta extraña prisión que día a día recorremos, yendo de un sitio a
otro, buscando apenas pero encontrando en exceso. Algo en nuestras miradas,
algo como un imán al hierro, como la luz hacia la oscuridad, algo, inexplicablemente,
nos atrae. No puedo describirlo, no puedo precisarlo. No puedo dejar de
observarla, encandilado.
Rápidamente, mi estado de embelesamiento se ve
interrumpido por un agudo chillido que me devuelve a la realidad, ¿Cuál realidad?
El pitido, proveniente quizá de algún altoparlante ubicado en un recóndito
espacio esquinado del inframundo, del Octavo Anillo, o quizá proveniente del
chirrido de alguna maquinaria que se encuentra librando una batalla entre
hierros por frenar a tiempo, me golpea en la cara como un puñetazo. En el
desvarío que se sucede al chirrido (¿O acaso era un chillido?), algunos
comienzan a correr, otros a gritar, los menos parecen aullar, los más osados
pretenden utilizar la fuerza para hacerse con un espacio y no falta algún golpe
de puño que atraviesa el aire a una temerosa velocidad en busca de un aciago
destinatario. Lo cierto, es que en el transcurso de algunos pocos segundos se
suceden unos cuantos hechos desventurados y el sitio se abarrota de personas
¿Seguimos siendo personas?, me pregunto a mí mismo. El gentío parece
asfixiarme, apenas llego a emitir débiles bocanadas que apelan por hallar
claridad y, hurgando entre tanto bochorno, llevar oxígeno a mis pulmones.
Por vez primera, luego de los extraños
acontecimientos, soy consciente de haber perdido de vista esa mirada, su
mirada, perdí de vista la única mirada que me observaba dentro de este averno,
perdí de vista no sólo sus ojos, su semblante, su paz, esa … esa paz que me
transmitió aún por el efímero instante en que nos cruzamos, en que nos
observamos, perdí de vista una frágil complicidad que nació en el transcurso de
unos cuantos segundos y que, paradójicamente, pretendía transportarme al
paraíso (¿Hacia la superficie?), o hacia algún sitio semejante. La pierdo. Se
aleja. La perdí. A medida que comienzo a caer en la cuenta de ello, mi corazón adquiere
una brusca velocidad al latir, aumenta su frecuencia en un afán por huir de mi
pecho, por rebalsar este mar de sentimientos. Desesperado, sin saber hacia
dónde y con escasa, o nula, precisión, comienzo a escrudiñar los alrededores.
No obstante, no logro mi cometido, no soy capaz de hallarla. En una acción que
puede parecerme apresurada y algo arrogante, decido comenzar a correr, desplazándome
a través de los inertes cuerpos que se sujetan, a duras penas, de oxidadas
cañerías que penden de lado a lado atravesando un techo que sostiene espeluznantes
cascarones de pintura, que alguna vez representaron el comienzo de un progreso
que, ni fugaz, ni perecedero, jamás llegó.
Permiso, Disculpe, Perdón, atravesando un océano de
personas logro llegar al área trasera. Al toparme con la pared que me indica el
fondo del habitáculo, me vuelvo y miro en derredor, alcanzo a ver una fugaz
sonrisa y aquellos diáfanos ojos, que nuevamente se encuentran posados sobre
mí, antes que pueda llegar a percibirlo. Esa particular mirada, ese particular
modo de ver, tan infrecuente, tan suyo. Sin embargo, sus ojos parecen decirme
adiós o, quizá, hasta luego, hasta siempre, mientras se dirige hacia el andén
por la puerta automática y la veo subir la escalera, despidiéndose con la
mirada, nuevamente hacia el exterior, hacia la superficie, mientras detrás suyo
brilla un luminoso letrero, Carlos Gardel.
Y nuevamente me siento solo, me invade esa
sensación de vacío, de pérdida, de no volveremos a vernos, ese no sé qué de efímero
amor.
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