Un silencio ensordecedor invadía aquel sitio, la humedad le
producía cierta desazón, más parecida a la soledad que al insidioso vacío que sentía
dentro suyo en días como aquel. Abrió los ojos, o eso creyó, pero sólo alcanzó
a ver oscuridad, como si pudiera verse, pensó. Se palpó la cara con ambas
manos, la encontró sudada y viscosa, a pesar de no ser una noche calurosa
sentía un fuego dentro suyo, eso la irritaba. Luego, comprobó el resto del
cuerpo, sólo para corroborar que estaba allí recostada, contemplando la
oscuridad, observando la nada o la eternidad, si acaso no son una sola y misma
cosa. Sí, era ella y allí estaba. No lograba desprenderse de esa extraña
sensación que la invadía hacía horas. La encontraba en sus pesadillas, en sus sueños,
toda la noche. Su último recuerdo cierto se remontaba hacia la medianoche.
Respiró, emitió una bocanada profunda y advirtió que el aire se apesadumbraba
en la habitación. Creyó oír, lejano, un quejido, seguido por un estremecedor
silencio. En ese instante, un inhóspito frío recorrió todo su cuerpo. No era la
primera vez que le ocurría algo así. Solía presenciar esa suerte de presagios y,
últimamente, su frecuencia había aumentado. Fue así como supo que ese día sería
diferente.
Los durmientes de la vía relumbraban óxido, quién sabe cuántos
años habrían pasado allí, recostados sobre resquebrajados durmientes que chillaban
al paso de cuántos trenes, y cuántas personas dentro de ellos. Él mismo
recordaba las mañanas de septiembre y los perpetuos viajes, cada día, junto a
la ventanilla, hacia su antiguo empleo.
Su entreverada mente comenzó a evocar recuerdos profundos. Recordó
un antiguo amigo y su expresión, mientras afirmaba que antes de morir toda la
vida pasa ante nuestros ojos. Nunca se había detenido a pensar en ello. Ese
efímero instante que precede a la muerte, única certeza que nos acompaña eternamente.
Como siempre sucedía, un pensamiento llevaba a otro, que finamente concluía en uno
más acabado y profundo aún. Fue así que, sin saber muy bien cómo, se encontró
pensando en ese preciso instante y en el crimen que iba a cometer. No se sentía
nervioso, tampoco apenado, más bien aliviado. El alivio del fin, pensó.
Alzó sus ofuscados ojos hacia el luminoso cartel, Próximo tren 5 minutos. Miró su reloj y,
en un esfuerzo que le pareció exagerado, había olvidado sus lentes y maldijo
por ello, pudo divisar las agujas. Lo recibió en su último cumpleaños, nunca se
consideró fanático de los relojes, lo obligaban a un control en su vida que no
toleraba. Rememoró su pasado cumpleaños, quizá su último cumpleaños. Se hallaba
nervioso, casi ansioso. Será fácil, se dijo, en el momento en que el tren
comience a tomar velocidad sólo será saltar y acabar esta agonía, este dolor. Los
últimos minutos de su vida, no sabía muy bien qué hacer con ellos. La vida no
nos prepara para situaciones como ésta, para qué nos prepara la vida, pensó.
Una
hora después, mientras ella tomaba su café, sonó el despertador. Olvidé
apagarlo cuando me levanté, se dijo. Era cierto, luego de aquel extraño sueño repentino
(¿había sido un sueño acaso?), no volvió a dormirse, la inquietaba el estrepitoso
sonido que había oído (¿en verdad lo había oído?) y el cúmulo de emociones
vividas en las últimas horas. Mantenía una rutina rigurosa cada mañana. Café, dos
tostadas, el baño, secador de pelo y algo de
maquillaje para ocultar las ojeras.
Algunas mañanas, pensamientos inquisidores, cada vez con mayor
frecuencia, invadían su mente, sueños de redención. Cada pregunta acababa en una
duda esencial, existencial. La agobiaba su rutina, cada día era exactamente
igual al anterior y, sin embargo, la mantenían en su estructura y eso le
agradaba, le brindaba cierta curiosa seguridad. Singular ambigüedad
para su lógico pensar. Al fin y al cabo, qué sentido tiene todo esto, se repetía
sin cesar.
Tarde
otra vez, le gritó a Akira, un persa anaranjado
algo rechonchito y comodón que no salía de su rincón, donde pasaba el día
durmiendo. Era su única compañía dentro de la casa, y quizá fuera de ella
también. Tomó rápidamente sus pertenencias y salió corriendo. En el ascensor,
se preguntó si habría cerrado la puerta correctamente, con llave. Corrió las
cuadras que separaban el edificio de la estación. En la vorágine del apuro no distinguió
qué sucedía a su alrededor, oía el tren acercarse y su corazón latía,
apresurado. Pagó su boleto y subió en un instante los 17 escalones, que contaba
cada mañana, hacia el andén. Llamó su atención la cantidad de personas presentes.
Sobre el borde del andén y hacia el final de la pista, alguien atrajo su
curiosidad. El encuentro con aquel hombre, le producía un desasosiego inexplicable.
El oscuro cabello dejaba entrever algunas canas, sobresalía por su elegancia y,
sin embargo, se notaba triste y su rostro ocultaba algo parecido al dolor.
Próximo tren 3 minutos.
Un ignoto sentimiento se apoderaba de él, era incapaz de describirlo, no daba
con las palabras ni con el sentimiento adecuado. Observó en derredor. Caminando
lentamente hacia él, se acercaba una mujer bonita. Sin comprender muy bien
cómo, esa sensación nublaba su juicio, ella llegó a su lado y se detuvo. Lo
perturbó, este insidioso encuentro se hallaba fuera de sus planes. En su afán
por ocultar la ansiedad, realizó algunos torpes movimientos que llamaron la
atención de la mujer.
–
¿Se encuentra usted bien? – Preguntó ella.
–
Sí, estoy bien. – Atinó a responderle él, con cierta angustia en la voz.
–
¿Tiene idea alguna de por qué se halla tan vacío el andén?
–
Los domingos no suele encontrarse repleta la estación, y menos a esta hora – Inquirió
él, asombrado y distante.
–
Pero, hoy es lunes – Dijo ella, mientras corroboraba la fecha y se corregía – Tiene
razón, es Domingo. Me desperté, luego de una pesadilla tormentosa, y salí hacia
el trabajo. Supongo que no tiene ningún sentido que le cuente esto.
–
¿Acaso algo de todo lo que sucede tiene sentido? ¿Acaso, usted acá y yo a punto
de suicidarme, tiene algún sentido?
El
rostro de ella palideció ¿Había oído bien?
–
¿Suicidarse? ¿Por qué habría de hacer algo así?
–
Quisiera ayudarla a comprenderme, pero el tiempo es escaso y mis emociones difíciles
de describir.
–
Aun así, creo comprenderte. Al momento de explicarlo, algo dentro nuestro se
agrieta, escasea y, a la vez, abunda. A veces, confundo soledad con tristeza,
amor con felicidad, ¿no son acaso una misma cosa? No siempre hallamos las
frases, las palabras, los gestos adecuados para expresarnos. Sin embargo,
confío en que, allí donde las palabras faltan o los sentimientos se pierden en
un laberinto, asoma alguien que nos comprende y no precisa de palabras para
hacerlo. Quizá, por ello nos encontramos hoy acá.
–
Entonces, ¿Vos me comprendes?
Ella
sintió que toda su vida había vivido para ese momento, cuyo fin era encontrarse
con él, ese día que no era su día, en ese preciso momento que no era su
momento, allí, fuera de cualquier tiempo y de todo espacio, toda su vida había
vivido para salvar la vida de otro, de ese otro. El tren había arrancado y
comenzaba a tomar velocidad. Pensó en Akira que en ese momento se encontraría
sola en casa, pensó en su vida, en ambas vidas, pensó en los años transcurridos
hasta ese instante, pasó toda su vida delante de sus ojos. Recordó que no había
cerrado la puerta del departamento con llave al salir y, cuando sintió el tren
acercarse, cerró los ojos y, en completa oscuridad, saltó.
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