jueves, 12 de abril de 2018
II
La dificultad de escribir lo que dan en llamar un diario, esa cotidianidad de la vida, esa cotidianidad que vivimos, o esa vida que cotidianidamos, no se encuentra tanto en el hecho de redactar cada momento, sino en esa obligación de repensar, de repensarme, de comprender que la vida no puede ser escrita en borrador, modificando aquello que no nos agrada, aquello que hubiésemos deseado de otro modo. La vida es un penal que no admite repetición, aún cuando el arquero rival se hubiese adelantado. Y volcar esa vida ya vivida, ese penal ya pateado, en una sutilmente amarillenta, aunque en blanco, hoja lisa, nos advierte que todo aquello que escribimos ya sucedió, que no podrá modificarse aún a cuestas de saber que no nos agrada, o no nos agradó, que debió ser de otro modo, que quise fuera de otro modo. Quizá por ello, en las noches de amarga soledad, luego de vomitar con vos, luego de vomitar por vos, me da por pensar que escribir es vivir, es haber vivido, es sentir que estoy vivo, es creer que puedo ver hacia atrás y hallar senderos de caminos recorridos, ver huellas en la nieve, en la arena, en la tierra, o en todas ellas. Pero es ver no uno, sino varios pares de huellas, huellas que por momentos son cuatro, de a ratos seis y por instantes, aunque efímeros, son sólo dos, porque nunca se camina sólo, sino que se camina acompañado, porque solo nunca se llega, o se llega pero no muy lejos. Escribir es haber vivido y haber vivido es haber caminado, porque, como alguna vez me contagiaste, se vive haciendo, o se hace viviendo, pero se hace y se vive. Esa extraña conjunción.
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