jueves, 19 de abril de 2018

III

Sentarse a Vomitar nunca es una tarea fácil, sin embargo, siempre comienza del mismo modo, una cristalina, casi diáfana, gota que resbala por el canto del rostro para acabar estrellándose en una apenas amarillenta, pero en blanco, hoja lisa. Lo que sigue luego, no siempre acciona del mismo modo. En algunas ocasiones, la obtusa gota es precedida por una vocal, que llega casi a desintegrarse al colisionar contra la laguna que ufana se ubica en el hemisferio norte de la hoja. Otras veces, la gota es precedida por una diatriba de adjetivos incomprensibles, que se ahogan en la nada, que parecieran no expresar nada, frente a un lector desprovisto del sentimiento que cargan. A pesar de ello, en los menos de los casos, que mis deficientes conocimientos en estadística no me permiten precisar con precisión, la gota es precedida por la elegancia del abecedario, mi abecedario; el alfabeto despliega, a través de ojos, manos y biromes, un sinfín de mecanismos que permiten hallar una concatenación de palabras legibles, y fíjese usté que utilice la palabra legibles, más no comprensibles. Y también deslicé, dudo si explícitamente lo hice, la palabra utilizar, creyendo ingenuamente que pretendemos utilizar las palabras y no aceptar que son ellas quienes nos utilizan a nosotros, como simple medio, para materializarse, expresarse. Y así y todo, que la parte de legible, a mí solamente me salía (me sale) cuando tiene que ver con vos. Ese vómito cotidiano que reflejaba, acaso refleja, aún hoy me es imposible determinar si aquello es aquello o más bien es esto, si acaso sucedió o sucede, el quizá último suspiro, por qué no el primero, de un amor que parecía no dar tregua, un amor que a cada momento parecía comenzar al mismo tiempo que acabar, casi cíclicamente, casi súbitamente. Esa extraña conjunción. Como un espiral que a cada trazo que gira, cada vuelta que produce, se sucede entre la luz y la oscuridad, entre el fin y un nuevo, y eterno, comienzo. Antes, durante o después de ese torbellino emocional, yo vomitaba y, lo mismo que la borrachera, luego de ese vómito me sentía mejor, me sentía completo, más bien incompleto, pero aceptando que esa parte que me abandonaba, que me dejaba incompleto, era necesario desprenderla. En cierto modo, me evitaba la resaca emocional del instante siguiente, del día siguiente, pero no más. Porque, al final, esa resaca me perseguía, me persigue, entre laberintos de espinas, que alternan con rosas y fragancias nauseabundas, vestigios de un amor inconsolable que sólo supo (que sólo sabe) sonreír, disfrutar, llorar, sufrir. Tampoco sea cosa de pensar que un vómito es la solución, más bien es un sedante, un calmante. Un aletargamiento del interminable final. Es esa muerte que acecha, pero no condena, esa muerte que amenaza, pero nunca ataca.  Ese fin que, al llegar, es sucedido por un nuevo comienzo. Ese Eterno Retorno de las cosas. Es ese vómito que no impide que por las noches bebamos alcohol y nos emborrachemos nuevamente.

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