jueves, 12 de abril de 2018

II

La dificultad de escribir lo que dan en llamar un diario, esa cotidianidad de la vida, esa cotidianidad que vivimos, o esa vida que cotidianidamos, no se encuentra tanto en el hecho de redactar cada momento, sino en esa obligación de repensar, de repensarme, de comprender que la vida no puede ser escrita en borrador, modificando aquello que no nos agrada, aquello que hubiésemos deseado de otro modo. La vida es un penal que no admite repetición, aún cuando el arquero rival se hubiese adelantado. Y volcar esa vida ya vivida, ese penal ya pateado, en una sutilmente amarillenta, aunque en blanco, hoja lisa, nos advierte que todo aquello que escribimos ya sucedió, que no podrá modificarse aún a cuestas de saber que no nos agrada, o no nos agradó, que debió ser de otro modo, que quise fuera de otro modo. Quizá por ello, en las noches de amarga soledad, luego de vomitar con vos, luego de vomitar por vos, me da por pensar que escribir es vivir, es haber vivido, es sentir que estoy vivo, es creer que puedo ver hacia atrás y hallar senderos de caminos recorridos, ver huellas en la nieve, en la arena, en la tierra, o en todas ellas. Pero es ver no uno, sino varios pares de huellas, huellas que por momentos son cuatro, de a ratos seis y por instantes, aunque efímeros, son sólo dos, porque nunca se camina sólo, sino que se camina acompañado, porque solo nunca se llega, o se llega pero no muy lejos. Escribir es haber vivido y haber vivido es haber caminado, porque, como alguna vez me contagiaste, se vive haciendo, o se hace viviendo, pero se hace y se vive. Esa extraña conjunción. 

jueves, 22 de marzo de 2018

I

Nos pasábamos horas conversando, a veces discutiendo. Vos, empecinada en enseñarme ese extraño modo de amor, y digo enseñarme, porque jamás era decirme, sino hacer, hacer de cualquier modo, pero siempre hacer, hacer hacia adelante, hacer hacia el costado, hacer amor, hacer el amor, acaso aquella ambigua construcción que fluía entre ambos. Yo, necio, me obstinaba en decirte, en pretender enseñarte, sin caer en la cuenta que la verdadera profesora era vos y no yo, que el amor era como una división, como una cuenta, una operación matemática, que siempre daba uno, porque no existía el uno y uno igual tres, o el dos y dos igual cinco, siempre era vos y yo igual uno, uno mismo, uno igual, pero distinto. Y así, nos pasábamos horas y más horas, discurriendo entre el placer del sexo, la monotonía novelesca cuando yo, casi ausente, buscaba convencerte con mi agotado discurso de que se escribían más por vender que por crecer, esquivando cierto deber literario, y sin embargo vos, siempre bondadosa y con ese espíritu de libertad, me decías que cada uno podía escribir lo que se le diera la gana, que de eso se trataba el juego, de jugar, jugar eso que vos hacías tan bien, y entonces volvíamos a la elegancia de viajar, ese extraño e inalcanzable modo de libertad, más parecido al capricho que al verdadero espíritu diáfano que se esconde detrás de un buen comienzo, detrás de un sentimiento puro, detrás de un gran final que llega para enaltecer el apogeo de una historia opaca, sin brillo, detrás de la belleza que nos regala un cálido ocaso. A veces, viajábamos sin movernos si quiera, desde el sitio donde nos encontrábamos conversando, planificando, imaginando, en fin, soñando; pero otras veces, esos viajes se materializaban en un esplendoroso transitar plagado de miedos, nostalgias reencontradas y exaltación. Y así transcurrían nuestras horas, nuestros días, perdidos en un inmenso océano de pensamientos, de sentimientos, en un constante ir y venir de la emoción, sin saber muy por qué, sin saber muy bien hacia dónde, pero hacia allí nos dirigíamos. Vos a tu modo, y yo un poco también al tuyo, olvidando el mío, perdiéndolo poco a poco, o quizá comprendiendo que el tuyo era el correcto, el modo de alcanzar aquello y terminar con esa nefasta búsqueda, hallando sin hallar sin siquiera buscar, comprendiendo que tu modo era el modo, esa forma de hacer tan tuya, ese devenir del espíritu que me arrastraba a un vendaval que me llevaba de acá para allá, que me llevaba hacia ningún lado, pero que tampoco importaba el camino, porque acaso lo verdaderamente importante era caminarlo, y caminarlo juntos.

martes, 26 de diciembre de 2017

Quiero

Quiero soñar, quiero encontrarte, quiero disfrutarte en este mundo
Quiero hallarte desnuda en un manantial entre mis brazos
Quiero extrañarte rebosante, amarte, disfrutarte
Quiero sentirte cerca y, en la eternidad, poder abrazarte
Quiero que seas mía y ser tuyo también, que vivamos este perpetuo amor
Quiero que el azar nos encuentre, un día cualquiera, en un instante cualquiera, en un escenario cualquiera y que ese esquivo destino dibuje una tímida mueca en nuestro rostro
Quiero que un mensaje con tu nombre ilumine mis ojos y haga brincar mi distraído corazón
Quiero que una llamada con tu voz me haga perder el equilibrio de regocijo
Quiero que tu voz susurrándome al oído haga mi cuerpo palpitar
Quiero que se encuentren nuestros ojos y silencien nuestras palabras, que acaso no reflejan suficiente expresión, análoga pasión
Quiero que se detenga el mundo, en el efímero instante en que nuestras manos se encuentran en medio de tanta obscuridad
Quiero expresar todas las cosas que siento, y no alcanzan las palabras
Quiero despertar y encontrarte a mi lado, rodeado por tus besos, asfixiado por tus caricias
Quiero que nuestras almas se tropiecen al borde del abismo, se miren y declaren su pasión, su locura
Quiero que la vanidad de nuestros cuerpos quede reducida a un infinitésimo instante, en que todo es válido, en que somos nada y todo a la vez
Quiero que nuestros cuerpos se fundan en un onírico placer, hasta consumar un omnipresente éxtasis
Te quiero perfecta, te sueño perfecta, sos perfecta, como una entelequia indescriptible que me regala jubilosas pasiones
Quiero regalarte esta esquela y que la guardes en el refugio de tu corazón
Quiero quererte como nunca nadie te ha querido
Ver tu rostro colmado de amor,
Que esa felicidad en tus ojos, colme mi corazón.