martes, 26 de diciembre de 2017

Quiero

Quiero soñar, quiero encontrarte, quiero disfrutarte en este mundo
Quiero hallarte desnuda en un manantial entre mis brazos
Quiero extrañarte rebosante, amarte, disfrutarte
Quiero sentirte cerca y, en la eternidad, poder abrazarte
Quiero que seas mía y ser tuyo también, que vivamos este perpetuo amor
Quiero que el azar nos encuentre, un día cualquiera, en un instante cualquiera, en un escenario cualquiera y que ese esquivo destino dibuje una tímida mueca en nuestro rostro
Quiero que un mensaje con tu nombre ilumine mis ojos y haga brincar mi distraído corazón
Quiero que una llamada con tu voz me haga perder el equilibrio de regocijo
Quiero que tu voz susurrándome al oído haga mi cuerpo palpitar
Quiero que se encuentren nuestros ojos y silencien nuestras palabras, que acaso no reflejan suficiente expresión, análoga pasión
Quiero que se detenga el mundo, en el efímero instante en que nuestras manos se encuentran en medio de tanta obscuridad
Quiero expresar todas las cosas que siento, y no alcanzan las palabras
Quiero despertar y encontrarte a mi lado, rodeado por tus besos, asfixiado por tus caricias
Quiero que nuestras almas se tropiecen al borde del abismo, se miren y declaren su pasión, su locura
Quiero que la vanidad de nuestros cuerpos quede reducida a un infinitésimo instante, en que todo es válido, en que somos nada y todo a la vez
Quiero que nuestros cuerpos se fundan en un onírico placer, hasta consumar un omnipresente éxtasis
Te quiero perfecta, te sueño perfecta, sos perfecta, como una entelequia indescriptible que me regala jubilosas pasiones
Quiero regalarte esta esquela y que la guardes en el refugio de tu corazón
Quiero quererte como nunca nadie te ha querido
Ver tu rostro colmado de amor,
Que esa felicidad en tus ojos, colme mi corazón.

domingo, 26 de noviembre de 2017

Averno

Cierro los ojos y puedo sentir el calor. Las escaleras logran su cometido. 117 escalones y un efecto aeróbico devastador me producen una sudoración difícil de sobrellevar. Agua. Esta sensación me trae a la mente el agua, un río, el mar, un lago, cualquier instante de mi vida relacionado con el agua, una pileta. Me siento pegoteado, las manos me gotean, el cuerpo me traspira. Toda esta sensación me incomoda. Odio el calor, odio la sudoración, odio el agua y odio todo lo que sea producto o consecuencia de ello. Mis ojos buscan adaptarse a una oscuridad difícil de describir, que me invita, tácitamente, a reflexionar respecto si puede o no describirse la oscuridad de algún otro modo, con algún otro color, que no sea negro, concluyo que no, la oscuridad es sólo eso, negro. Sin embargo esta oscuridad es una ausencia de luz fuera de lo normal, más bien una tímida iluminación amarillenta, un amarillo que lo pienso viejo, anticuado, casi puedo percibir su olor a madera humedecida, algunos dicen y afirman con cierta vehemencia, descubriendo una particular forma de demencia, que así huele lo viejo, a humedad, a madera humedecida, a pesar de ello esta iluminación no llega a ser luz, o más bien una luz arcaica, primitiva, aunque no sé exactamente cómo sería. Afuera (¿arriba?), creo que es de día, aquí no es noche, tampoco me hallo entre penumbras. Pese a esto, puedo sentir esta luminosidad diferente, casi imperceptible. ¿Por qué me detengo a pensar en la luz? ¿Tiene algún sentido?, me pregunto, cavilando durante efímero instante.
Transito largos pasillos de azulejos albicelestes, hartos metros bajo tierra. Los pasillos me producen una suerte de incómodo cosquilleo, que se desliza lentamente hacia arriba por mi columna, para acabar en un extraño y algo ridículo movimiento en mis hombros. Esta sensación me aprisiona, la luz, el calor, el sofocamiento, los inexplicables escalofríos. Quiero escapar. Quiero escapar de los pasillos, quiero escapar de mi ropa, quiero escapar del mundo, quiero escapar de mi mundo, quiero escapar de mi cuerpo, quiero escapar de mí. Me pregunto si seré claustrofóbico y hasta hoy no lo noté, o bien si me estaré volviendo claustrofóbico, desconozco si puede suceder algo así. Un pasillo que se dirige a ningún sitio, puertas que se dirigen a ningún sitio, infinitos pasillos que forman un perpetuo laberinto sin salida, pasadizos sin escapatoria. Parece no tener fin. Pienso en Teseo, en el Minotauro, en Ariadna. Maldigo esta fascinación por la mitología, que elige el momento menos adecuado para entrometerse e ingresar por la ventana de mis recuerdos, sin anunciarse, como el sol que tímidamente asoma por la tarde anunciando el principio o el fin de un colorido ocaso.
Es un extraño mundo, este del inframundo. Este extraño, húmedo y ardiente mundo subterráneo. Estoy en el infierno, atino a balbucear, ¿Qué aspecto tendrá el infierno? ¿Tendrá este aspecto el infierno? Me encuentro hablando solo, con la nada, a nadie, a pesar de tratarse de una actitud que podría ser propia de mí, comienzo a preocuparme.
Abunda en sonidos. Abunda en hedores. Abunda en rostros este mundo. Quizá, debido a ello es que escasea en colores, mágico equilibrio. Gris, la combinación de sólo dos tonalidades que se funden, quién sabe en qué proporción, para volverse una. Puedo parecer algo alborotado ante los escrutadores ojos que me persiguen, que me observan con obstinamiento, pero no lo estoy, o intento convencerme, no sé con qué éxito, que no lo estoy. Mantengo la calma, o acaso lo intento, sin llegar a lograrlo plenamente. Me miran. Yo los miro. Nos miramos. Sin embargo, y a pesar de ello, no nos observamos, apenas nos miramos, pero ¿Nos miramos realmente? Las miradas se abarrotan, se pierden en una salvaje jungla de rostros, acabando en la nada, en el infinito espacio que nos separa, nos divide, nos aleja, nos vuelve diferentes. Los rostros se agitan sin fin. Banal superficialidad intrínseca de este particular inframundo, suerte de averno, ¿Me encontraré, acaso, en el Octavo Círculo? Rostros iluminados por una blanquecina luz proveniente de la palma de sus manos, transitan laberínticos pasillos circulares, rectangulares, angulares, todos ellos demacrados, cual autómatas inanimados, sin más razón que el puro instinto animal que nos lanza a pujar por nuestra propia supervivencia. ¿Buscarán a Asterión? ¿Hallaré algún héroe entre los iluminados rostros extraviados sin rumbo?, rápidamente desecho ambas preguntas y me sorprendo por su singularidad, por su peculiaridad. Somos extraños, somos nadie, somos nada, ¿Qué somos? ¿Quiénes somos? ¿Por qué estamos aquí ahora?
Me detengo en una mirada particular, que, sin saberse observada, se detiene en la mía. Entonces, sí. Nos miramos. Mucho más que ello, nos observamos, nos devoramos con la mirada. En un efímero instante, que puede parecerme eterno, me pierdo, me abstraigo de todo aquello que me rodea, de la oscuridad, las caras, los hedores, de esta pseudoiluminación infernal. En un espacio de tiempo fugazmente infinito, logro aguzar los sentidos y, sin demasiado esfuerzo, franquear esa diáfana barrera a través de la que me observa y ver sobre ella, a través de ella. Me pierdo en sus ojos, me pierdo en su mirada, me pierdo en su semblante y, con un tímido y breve vistazo, recorro su rostro que lenta y paulatinamente comienza a cambiar de color, comienza a dejar la palidez, que abunda en las caras ajenas que nos rodean, dando lugar a un suave carmesí que lánguidamente reverbera por sus pómulos hasta extenderse íntegramente por todo el contorno de su figura. Pienso que mi rostro debe verse igual, asumo que mi rostro debe verse igual, alcanzando los mismos colores, la misma tonalidad, las mismas expresiones, quizá ruborizándose por solidaridad o porque sobran los motivos para ruborizarse, quizá porque ese rostro me cautiva, quizá porque yo, aunque parezca una ironía, también le agrado, quizá porque, después de todo, nos agradamos, quizá porque el inevitable destino nos llevó a transitar los mismo pasillos del mismo círculo del Averno, a ser compañeros de celda, en esta extraña prisión que día a día recorremos, yendo de un sitio a otro, buscando apenas pero encontrando en exceso. Algo en nuestras miradas, algo como un imán al hierro, como la luz hacia la oscuridad, algo, inexplicablemente, nos atrae. No puedo describirlo, no puedo precisarlo. No puedo dejar de observarla, encandilado.  
Rápidamente, mi estado de embelesamiento se ve interrumpido por un agudo chillido que me devuelve a la realidad, ¿Cuál realidad? El pitido, proveniente quizá de algún altoparlante ubicado en un recóndito espacio esquinado del inframundo, del Octavo Anillo, o quizá proveniente del chirrido de alguna maquinaria que se encuentra librando una batalla entre hierros por frenar a tiempo, me golpea en la cara como un puñetazo. En el desvarío que se sucede al chirrido (¿O acaso era un chillido?), algunos comienzan a correr, otros a gritar, los menos parecen aullar, los más osados pretenden utilizar la fuerza para hacerse con un espacio y no falta algún golpe de puño que atraviesa el aire a una temerosa velocidad en busca de un aciago destinatario. Lo cierto, es que en el transcurso de algunos pocos segundos se suceden unos cuantos hechos desventurados y el sitio se abarrota de personas ¿Seguimos siendo personas?, me pregunto a mí mismo. El gentío parece asfixiarme, apenas llego a emitir débiles bocanadas que apelan por hallar claridad y, hurgando entre tanto bochorno, llevar oxígeno a mis pulmones.
Por vez primera, luego de los extraños acontecimientos, soy consciente de haber perdido de vista esa mirada, su mirada, perdí de vista la única mirada que me observaba dentro de este averno, perdí de vista no sólo sus ojos, su semblante, su paz, esa … esa paz que me transmitió aún por el efímero instante en que nos cruzamos, en que nos observamos, perdí de vista una frágil complicidad que nació en el transcurso de unos cuantos segundos y que, paradójicamente, pretendía transportarme al paraíso (¿Hacia la superficie?), o hacia algún sitio semejante. La pierdo. Se aleja. La perdí. A medida que comienzo a caer en la cuenta de ello, mi corazón adquiere una brusca velocidad al latir, aumenta su frecuencia en un afán por huir de mi pecho, por rebalsar este mar de sentimientos. Desesperado, sin saber hacia dónde y con escasa, o nula, precisión, comienzo a escrudiñar los alrededores. No obstante, no logro mi cometido, no soy capaz de hallarla. En una acción que puede parecerme apresurada y algo arrogante, decido comenzar a correr, desplazándome a través de los inertes cuerpos que se sujetan, a duras penas, de oxidadas cañerías que penden de lado a lado atravesando un techo que sostiene espeluznantes cascarones de pintura, que alguna vez representaron el comienzo de un progreso que, ni fugaz, ni perecedero, jamás llegó.
Permiso, Disculpe, Perdón, atravesando un océano de personas logro llegar al área trasera. Al toparme con la pared que me indica el fondo del habitáculo, me vuelvo y miro en derredor, alcanzo a ver una fugaz sonrisa y aquellos diáfanos ojos, que nuevamente se encuentran posados sobre mí, antes que pueda llegar a percibirlo. Esa particular mirada, ese particular modo de ver, tan infrecuente, tan suyo. Sin embargo, sus ojos parecen decirme adiós o, quizá, hasta luego, hasta siempre, mientras se dirige hacia el andén por la puerta automática y la veo subir la escalera, despidiéndose con la mirada, nuevamente hacia el exterior, hacia la superficie, mientras detrás suyo brilla un luminoso letrero, Carlos Gardel. 
Y nuevamente me siento solo, me invade esa sensación de vacío, de pérdida, de no volveremos a vernos, ese no sé qué de efímero amor.

sábado, 4 de noviembre de 2017

Sonámbulos

Un silencio ensordecedor invadía aquel sitio, la humedad le producía cierta desazón, más parecida a la soledad que al insidioso vacío que sentía dentro suyo en días como aquel. Abrió los ojos, o eso creyó, pero sólo alcanzó a ver oscuridad, como si pudiera verse, pensó. Se palpó la cara con ambas manos, la encontró sudada y viscosa, a pesar de no ser una noche calurosa sentía un fuego dentro suyo, eso la irritaba. Luego, comprobó el resto del cuerpo, sólo para corroborar que estaba allí recostada, contemplando la oscuridad, observando la nada o la eternidad, si acaso no son una sola y misma cosa. Sí, era ella y allí estaba. No lograba desprenderse de esa extraña sensación que la invadía hacía horas. La encontraba en sus pesadillas, en sus sueños, toda la noche. Su último recuerdo cierto se remontaba hacia la medianoche. Respiró, emitió una bocanada profunda y advirtió que el aire se apesadumbraba en la habitación. Creyó oír, lejano, un quejido, seguido por un estremecedor silencio. En ese instante, un inhóspito frío recorrió todo su cuerpo. No era la primera vez que le ocurría algo así. Solía presenciar esa suerte de presagios y, últimamente, su frecuencia había aumentado. Fue así como supo que ese día sería diferente.

Los durmientes de la vía relumbraban óxido, quién sabe cuántos años habrían pasado allí, recostados sobre resquebrajados durmientes que chillaban al paso de cuántos trenes, y cuántas personas dentro de ellos. Él mismo recordaba las mañanas de septiembre y los perpetuos viajes, cada día, junto a la ventanilla, hacia su antiguo empleo.
Su entreverada mente comenzó a evocar recuerdos profundos. Recordó un antiguo amigo y su expresión, mientras afirmaba que antes de morir toda la vida pasa ante nuestros ojos. Nunca se había detenido a pensar en ello. Ese efímero instante que precede a la muerte, única certeza que nos acompaña eternamente. Como siempre sucedía, un pensamiento llevaba a otro, que finamente concluía en uno más acabado y profundo aún. Fue así que, sin saber muy bien cómo, se encontró pensando en ese preciso instante y en el crimen que iba a cometer. No se sentía nervioso, tampoco apenado, más bien aliviado. El alivio del fin, pensó.
Alzó sus ofuscados ojos hacia el luminoso cartel, Próximo tren 5 minutos. Miró su reloj y, en un esfuerzo que le pareció exagerado, había olvidado sus lentes y maldijo por ello, pudo divisar las agujas. Lo recibió en su último cumpleaños, nunca se consideró fanático de los relojes, lo obligaban a un control en su vida que no toleraba. Rememoró su pasado cumpleaños, quizá su último cumpleaños. Se hallaba nervioso, casi ansioso. Será fácil, se dijo, en el momento en que el tren comience a tomar velocidad sólo será saltar y acabar esta agonía, este dolor. Los últimos minutos de su vida, no sabía muy bien qué hacer con ellos. La vida no nos prepara para situaciones como ésta, para qué nos prepara la vida, pensó.

Una hora después, mientras ella tomaba su café, sonó el despertador. Olvidé apagarlo cuando me levanté, se dijo. Era cierto, luego de aquel extraño sueño repentino (¿había sido un sueño acaso?), no volvió a dormirse, la inquietaba el estrepitoso sonido que había oído (¿en verdad lo había oído?) y el cúmulo de emociones vividas en las últimas horas. Mantenía una rutina rigurosa cada mañana. Café, dos tostadas, el baño, secador de pelo y algo de maquillaje para ocultar las ojeras.
Algunas mañanas, pensamientos inquisidores, cada vez con mayor frecuencia, invadían su mente, sueños de redención. Cada pregunta acababa en una duda esencial, existencial. La agobiaba su rutina, cada día era exactamente igual al anterior y, sin embargo, la mantenían en su estructura y eso le agradaba, le brindaba cierta curiosa seguridad. Singular ambigüedad para su lógico pensar. Al fin y al cabo, qué sentido tiene todo esto, se repetía sin cesar.
Tarde otra vez, le gritó a Akira, un persa anaranjado algo rechonchito y comodón que no salía de su rincón, donde pasaba el día durmiendo. Era su única compañía dentro de la casa, y quizá fuera de ella también. Tomó rápidamente sus pertenencias y salió corriendo. En el ascensor, se preguntó si habría cerrado la puerta correctamente, con llave. Corrió las cuadras que separaban el edificio de la estación. En la vorágine del apuro no distinguió qué sucedía a su alrededor, oía el tren acercarse y su corazón latía, apresurado. Pagó su boleto y subió en un instante los 17 escalones, que contaba cada mañana, hacia el andén. Llamó su atención la cantidad de personas presentes. Sobre el borde del andén y hacia el final de la pista, alguien atrajo su curiosidad. El encuentro con aquel hombre, le producía un desasosiego inexplicable. El oscuro cabello dejaba entrever algunas canas, sobresalía por su elegancia y, sin embargo, se notaba triste y su rostro ocultaba algo parecido al dolor.

Próximo tren 3 minutos. Un ignoto sentimiento se apoderaba de él, era incapaz de describirlo, no daba con las palabras ni con el sentimiento adecuado. Observó en derredor. Caminando lentamente hacia él, se acercaba una mujer bonita. Sin comprender muy bien cómo, esa sensación nublaba su juicio, ella llegó a su lado y se detuvo. Lo perturbó, este insidioso encuentro se hallaba fuera de sus planes. En su afán por ocultar la ansiedad, realizó algunos torpes movimientos que llamaron la atención de la mujer.
– ¿Se encuentra usted bien? – Preguntó ella.
– Sí, estoy bien. – Atinó a responderle él, con cierta angustia en la voz.
– ¿Tiene idea alguna de por qué se halla tan vacío el andén?
– Los domingos no suele encontrarse repleta la estación, y menos a esta hora – Inquirió él, asombrado y distante.
– Pero, hoy es lunes – Dijo ella, mientras corroboraba la fecha y se corregía – Tiene razón, es Domingo. Me desperté, luego de una pesadilla tormentosa, y salí hacia el trabajo. Supongo que no tiene ningún sentido que le cuente esto.
– ¿Acaso algo de todo lo que sucede tiene sentido? ¿Acaso, usted acá y yo a punto de suicidarme, tiene algún sentido?
El rostro de ella palideció ¿Había oído bien?
– ¿Suicidarse? ¿Por qué habría de hacer algo así?
– Quisiera ayudarla a comprenderme, pero el tiempo es escaso y mis emociones difíciles de describir.
– Aun así, creo comprenderte. Al momento de explicarlo, algo dentro nuestro se agrieta, escasea y, a la vez, abunda. A veces, confundo soledad con tristeza, amor con felicidad, ¿no son acaso una misma cosa? No siempre hallamos las frases, las palabras, los gestos adecuados para expresarnos. Sin embargo, confío en que, allí donde las palabras faltan o los sentimientos se pierden en un laberinto, asoma alguien que nos comprende y no precisa de palabras para hacerlo. Quizá, por ello nos encontramos hoy acá.
– Entonces, ¿Vos me comprendes?


Ella sintió que toda su vida había vivido para ese momento, cuyo fin era encontrarse con él, ese día que no era su día, en ese preciso momento que no era su momento, allí, fuera de cualquier tiempo y de todo espacio, toda su vida había vivido para salvar la vida de otro, de ese otro. El tren había arrancado y comenzaba a tomar velocidad. Pensó en Akira que en ese momento se encontraría sola en casa, pensó en su vida, en ambas vidas, pensó en los años transcurridos hasta ese instante, pasó toda su vida delante de sus ojos. Recordó que no había cerrado la puerta del departamento con llave al salir y, cuando sintió el tren acercarse, cerró los ojos y, en completa oscuridad, saltó.