Sentarse a Vomitar nunca es una tarea fácil, sin embargo, siempre comienza del mismo modo, una cristalina, casi diáfana, gota que resbala por el canto del rostro para acabar estrellándose en una apenas amarillenta, pero en blanco, hoja lisa. Lo que sigue luego, no siempre acciona del mismo modo. En algunas ocasiones, la obtusa gota es precedida por una vocal, que llega casi a desintegrarse al colisionar contra la laguna que ufana se ubica en el hemisferio norte de la hoja. Otras veces, la gota es precedida por una diatriba de adjetivos incomprensibles, que se ahogan en la nada, que parecieran no expresar nada, frente a un lector desprovisto del sentimiento que cargan. A pesar de ello, en los menos de los casos, que mis deficientes conocimientos en estadística no me permiten precisar con precisión, la gota es precedida por la elegancia del abecedario, mi abecedario; el alfabeto despliega, a través de ojos, manos y biromes, un sinfín de mecanismos que permiten hallar una concatenación de palabras legibles, y fíjese usté que utilice la palabra legibles, más no comprensibles. Y también deslicé, dudo si explícitamente lo hice, la palabra utilizar, creyendo ingenuamente que pretendemos utilizar las palabras y no aceptar que son ellas quienes nos utilizan a nosotros, como simple medio, para materializarse, expresarse. Y así y todo, que la parte de legible, a mí solamente me salía (me sale) cuando tiene que ver con vos. Ese vómito cotidiano que reflejaba, acaso refleja, aún hoy me es imposible determinar si aquello es aquello o más bien es esto, si acaso sucedió o sucede, el quizá último suspiro, por qué no el primero, de un amor que parecía no dar tregua, un amor que a cada momento parecía comenzar al mismo tiempo que acabar, casi cíclicamente, casi súbitamente. Esa extraña conjunción. Como un espiral que a cada trazo que gira, cada vuelta que produce, se sucede entre la luz y la oscuridad, entre el fin y un nuevo, y eterno, comienzo. Antes, durante o después de ese torbellino emocional, yo vomitaba y, lo mismo que la borrachera, luego de ese vómito me sentía mejor, me sentía completo, más bien incompleto, pero aceptando que esa parte que me abandonaba, que me dejaba incompleto, era necesario desprenderla. En cierto modo, me evitaba la resaca emocional del instante siguiente, del día siguiente, pero no más. Porque, al final, esa resaca me perseguía, me persigue, entre laberintos de espinas, que alternan con rosas y fragancias nauseabundas, vestigios de un amor inconsolable que sólo supo (que sólo sabe) sonreír, disfrutar, llorar, sufrir. Tampoco sea cosa de pensar que un vómito es la solución, más bien es un sedante, un calmante. Un aletargamiento del interminable final. Es esa muerte que acecha, pero no condena, esa muerte que amenaza, pero nunca ataca. Ese fin que, al llegar, es sucedido por un nuevo comienzo. Ese Eterno Retorno de las cosas. Es ese vómito que no impide que por las noches bebamos alcohol y nos emborrachemos nuevamente.
jueves, 19 de abril de 2018
jueves, 12 de abril de 2018
II
La dificultad de escribir lo que dan en llamar un diario, esa cotidianidad de la vida, esa cotidianidad que vivimos, o esa vida que cotidianidamos, no se encuentra tanto en el hecho de redactar cada momento, sino en esa obligación de repensar, de repensarme, de comprender que la vida no puede ser escrita en borrador, modificando aquello que no nos agrada, aquello que hubiésemos deseado de otro modo. La vida es un penal que no admite repetición, aún cuando el arquero rival se hubiese adelantado. Y volcar esa vida ya vivida, ese penal ya pateado, en una sutilmente amarillenta, aunque en blanco, hoja lisa, nos advierte que todo aquello que escribimos ya sucedió, que no podrá modificarse aún a cuestas de saber que no nos agrada, o no nos agradó, que debió ser de otro modo, que quise fuera de otro modo. Quizá por ello, en las noches de amarga soledad, luego de vomitar con vos, luego de vomitar por vos, me da por pensar que escribir es vivir, es haber vivido, es sentir que estoy vivo, es creer que puedo ver hacia atrás y hallar senderos de caminos recorridos, ver huellas en la nieve, en la arena, en la tierra, o en todas ellas. Pero es ver no uno, sino varios pares de huellas, huellas que por momentos son cuatro, de a ratos seis y por instantes, aunque efímeros, son sólo dos, porque nunca se camina sólo, sino que se camina acompañado, porque solo nunca se llega, o se llega pero no muy lejos. Escribir es haber vivido y haber vivido es haber caminado, porque, como alguna vez me contagiaste, se vive haciendo, o se hace viviendo, pero se hace y se vive. Esa extraña conjunción.
jueves, 22 de marzo de 2018
I
Nos pasábamos horas conversando, a veces
discutiendo. Vos, empecinada en enseñarme ese extraño modo de amor, y digo
enseñarme, porque jamás era decirme, sino hacer, hacer de cualquier modo, pero
siempre hacer, hacer hacia adelante, hacer hacia el costado, hacer amor, hacer
el amor, acaso aquella ambigua construcción que fluía entre ambos. Yo, necio,
me obstinaba en decirte, en pretender enseñarte, sin caer en la cuenta que la verdadera
profesora era vos y no yo, que el amor era como una división, como una cuenta,
una operación matemática, que siempre daba uno, porque no existía el uno y uno
igual tres, o el dos y dos igual cinco, siempre era vos y yo igual uno, uno
mismo, uno igual, pero distinto. Y así, nos pasábamos horas y más horas,
discurriendo entre el placer del sexo, la monotonía novelesca cuando yo, casi
ausente, buscaba convencerte con mi agotado discurso de que se escribían más
por vender que por crecer, esquivando cierto deber literario, y sin embargo
vos, siempre bondadosa y con ese espíritu de libertad, me decías que cada uno
podía escribir lo que se le diera la gana, que de eso se trataba el juego, de
jugar, jugar eso que vos hacías tan bien, y entonces volvíamos a la elegancia
de viajar, ese extraño e inalcanzable modo de libertad, más parecido al
capricho que al verdadero espíritu diáfano que se esconde detrás de un buen
comienzo, detrás de un sentimiento puro, detrás de un gran final que llega para
enaltecer el apogeo de una historia opaca, sin brillo, detrás de la belleza que
nos regala un cálido ocaso. A veces, viajábamos sin movernos si quiera, desde
el sitio donde nos encontrábamos conversando, planificando, imaginando, en fin,
soñando; pero otras veces, esos viajes se materializaban en un esplendoroso
transitar plagado de miedos, nostalgias reencontradas y exaltación. Y así
transcurrían nuestras horas, nuestros días, perdidos en un inmenso océano de
pensamientos, de sentimientos, en un constante ir y venir de la emoción, sin
saber muy por qué, sin saber muy bien hacia dónde, pero hacia allí nos
dirigíamos. Vos a tu modo, y yo un poco también al tuyo, olvidando el mío,
perdiéndolo poco a poco, o quizá comprendiendo que el tuyo era el correcto, el
modo de alcanzar aquello y terminar con esa nefasta búsqueda, hallando sin
hallar sin siquiera buscar, comprendiendo que tu modo era el modo, esa forma de
hacer tan tuya, ese devenir del espíritu que me arrastraba a un vendaval que me
llevaba de acá para allá, que me llevaba hacia ningún lado, pero que tampoco
importaba el camino, porque acaso lo verdaderamente importante era caminarlo, y
caminarlo juntos.
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