Me preguntaba si ir hacia allá, dejando el acá, era claudicar. Si realmente esa vaga esperanza que me atrapaba, que me rodeaba, que acaso me manipulaba, sería la desertora de mis sentimientos, sería esa traición hecha emoción, o si simplemente era necesario dar un paso. Un paso como comienzo, porque siempre habría que comenzar, sin importar qué fuera aquello que comienza, y sin comienzo no habría fin, acaso aquello realmente importante en este juego. Quizá sea por ello que aquella noche, sin pensar demasiado, porque cuando uno comienza a pensar demasiado emerge cierta cobardía más parecida a la renuncia, tomé el teléfono y marqué tu número, el que aún hoy recuerdo con vaga precisión a pesar del tiempo y la distancia (¿Es que todavía busco convencerme que en cuestiones de la emoción se pueden colar estas variables físicas? ¿Busco, ingenuamente, convencerme que el tiempo y la distancia significan algo en el dominio de las emociones? Pretendo jugar con el alfabeto, como un niño que comienza por las vocales, y utilizar las palabras que considero exactas para cada situación, para cada emoción, sin embargo cuando creo acercarme, cuando creo ver la orilla luego de una fatua navegación, acomodo una junto a la otra cuatro, cinco o seis letras, cuando no más, y al momento preciso en que aquello que siento se imprime en el papel, concibo la desolación como vacío, como renuncia a un idilio que no se corresponde, a un idilio que no puede existir, porque el mundo de las palabras, acaso inventado por lo humano carece de la capacidad de explicar el mundo de las emociones, acaso inventado por otras formas superiores que la humanidad), y luego de esperar tras el tono algunos minutos, comprendí que no ibas a tomar la llamada, comprendí que decidirías esperar aquello que vanidosamente llamarías un Acto de Valentía, en ocasiones confundido con un acto de amor, si no son acaso una misma cosa. Quizá el amor sea simplemente valentía y la humanidad se encontraría ante el mayor error dialéctico de la historia, al menos un error que lleva miles de años alimentándose, de la mano de otros y de su propia mano, porque quién podría negar que el amor fue la primera emoción, una emoción primigenia, una emoción pura, sembrando un terreno capaz de cosechar otras, capaz de abrir nuevos caminos del sentir y consecuentemente del vivir. Y este Acto de Valentía significaba algo más que echarse en el sofá y escribir un mensaje o hacer una llamada telefónica, este Acto implicaba Acción, porque el hacer llegaba allí donde el decir no podía hacerlo en el mundo de los sentimientos; donde una palabra no era capaz de expresar una emoción, sí lo era una acción, porque decir Te Amo y hacer el amor se parecen, pero no tanto. Entonces, juntando coraje, o no pensando demasiado, decidí abrir la puerta y dejar mi apartamento, decidí salir a buscarte, en una noche cerrada y oscura, una noche vedada a las buenas intenciones y los ingenuos sentimientos.
jueves, 10 de mayo de 2018
jueves, 19 de abril de 2018
III
Sentarse a Vomitar nunca es una tarea fácil, sin embargo, siempre comienza del mismo modo, una cristalina, casi diáfana, gota que resbala por el canto del rostro para acabar estrellándose en una apenas amarillenta, pero en blanco, hoja lisa. Lo que sigue luego, no siempre acciona del mismo modo. En algunas ocasiones, la obtusa gota es precedida por una vocal, que llega casi a desintegrarse al colisionar contra la laguna que ufana se ubica en el hemisferio norte de la hoja. Otras veces, la gota es precedida por una diatriba de adjetivos incomprensibles, que se ahogan en la nada, que parecieran no expresar nada, frente a un lector desprovisto del sentimiento que cargan. A pesar de ello, en los menos de los casos, que mis deficientes conocimientos en estadística no me permiten precisar con precisión, la gota es precedida por la elegancia del abecedario, mi abecedario; el alfabeto despliega, a través de ojos, manos y biromes, un sinfín de mecanismos que permiten hallar una concatenación de palabras legibles, y fíjese usté que utilice la palabra legibles, más no comprensibles. Y también deslicé, dudo si explícitamente lo hice, la palabra utilizar, creyendo ingenuamente que pretendemos utilizar las palabras y no aceptar que son ellas quienes nos utilizan a nosotros, como simple medio, para materializarse, expresarse. Y así y todo, que la parte de legible, a mí solamente me salía (me sale) cuando tiene que ver con vos. Ese vómito cotidiano que reflejaba, acaso refleja, aún hoy me es imposible determinar si aquello es aquello o más bien es esto, si acaso sucedió o sucede, el quizá último suspiro, por qué no el primero, de un amor que parecía no dar tregua, un amor que a cada momento parecía comenzar al mismo tiempo que acabar, casi cíclicamente, casi súbitamente. Esa extraña conjunción. Como un espiral que a cada trazo que gira, cada vuelta que produce, se sucede entre la luz y la oscuridad, entre el fin y un nuevo, y eterno, comienzo. Antes, durante o después de ese torbellino emocional, yo vomitaba y, lo mismo que la borrachera, luego de ese vómito me sentía mejor, me sentía completo, más bien incompleto, pero aceptando que esa parte que me abandonaba, que me dejaba incompleto, era necesario desprenderla. En cierto modo, me evitaba la resaca emocional del instante siguiente, del día siguiente, pero no más. Porque, al final, esa resaca me perseguía, me persigue, entre laberintos de espinas, que alternan con rosas y fragancias nauseabundas, vestigios de un amor inconsolable que sólo supo (que sólo sabe) sonreír, disfrutar, llorar, sufrir. Tampoco sea cosa de pensar que un vómito es la solución, más bien es un sedante, un calmante. Un aletargamiento del interminable final. Es esa muerte que acecha, pero no condena, esa muerte que amenaza, pero nunca ataca. Ese fin que, al llegar, es sucedido por un nuevo comienzo. Ese Eterno Retorno de las cosas. Es ese vómito que no impide que por las noches bebamos alcohol y nos emborrachemos nuevamente.
jueves, 12 de abril de 2018
II
La dificultad de escribir lo que dan en llamar un diario, esa cotidianidad de la vida, esa cotidianidad que vivimos, o esa vida que cotidianidamos, no se encuentra tanto en el hecho de redactar cada momento, sino en esa obligación de repensar, de repensarme, de comprender que la vida no puede ser escrita en borrador, modificando aquello que no nos agrada, aquello que hubiésemos deseado de otro modo. La vida es un penal que no admite repetición, aún cuando el arquero rival se hubiese adelantado. Y volcar esa vida ya vivida, ese penal ya pateado, en una sutilmente amarillenta, aunque en blanco, hoja lisa, nos advierte que todo aquello que escribimos ya sucedió, que no podrá modificarse aún a cuestas de saber que no nos agrada, o no nos agradó, que debió ser de otro modo, que quise fuera de otro modo. Quizá por ello, en las noches de amarga soledad, luego de vomitar con vos, luego de vomitar por vos, me da por pensar que escribir es vivir, es haber vivido, es sentir que estoy vivo, es creer que puedo ver hacia atrás y hallar senderos de caminos recorridos, ver huellas en la nieve, en la arena, en la tierra, o en todas ellas. Pero es ver no uno, sino varios pares de huellas, huellas que por momentos son cuatro, de a ratos seis y por instantes, aunque efímeros, son sólo dos, porque nunca se camina sólo, sino que se camina acompañado, porque solo nunca se llega, o se llega pero no muy lejos. Escribir es haber vivido y haber vivido es haber caminado, porque, como alguna vez me contagiaste, se vive haciendo, o se hace viviendo, pero se hace y se vive. Esa extraña conjunción.
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